Pifa. Mi padre.

Mi sembradora de semillas me dijo una vez que los hijos eligen a los padres.

Ayer fue el cumpleaños de mi padre y pensaba: si tuviera que destacar algo de él, qué destacaría… Que es un gran contador de historias,  con una memoria impresionante y un lince para sacar lo bueno y malo de todas esas historias.

Eso si, cuando mi padre te cuenta una historia, no pidas que te la cuente en un minuto, ni intentes cortarlo para quitar detalles que para ti no son importantes, porque no te servirá de nada, el la tiene grabada en su cabeza y te la contará con el máximo de detalle, llevándote desde los orígenes de la persona hasta el momento del suceso, terminando con una lección. Digo que la tiene grabada, porque las mismas historias las he oído muchas veces y siempre las cuenta igual.

Mi cabeza y las de mis hermanos están llenas de historias de personas que conoció en su infancia, del colegio, la barbería, la calle Elvira, la cuesta la Alcahaba, la mili, los billares, entrenando al fútbol, repartiendo periódicos o como conserje del periódico Ideal; y por supuesto de las lecciones que nos quería enseñar….

Además con su método del martillo, la de contárnoslas una y otra vez, para asegurarse que se nos quedaban grabadas, consiguió su fin, que aprendiéramos lo bueno y malo de todo lo aprendido por él, tanto es así que estoy segura de que si alguno de mis hermanos le preguntas si quiere que le toque la lotería estoy segura de que todos ellos responderán lo mismo:

—Si, pero no mucho dinero.

Y es que mi padre nos ha contado millones de veces que a un vecino de su casa le tocó la lotería y más que una suerte fue una desgracia. Además lo bueno de sus historias, es que te hacían ver que quizás tu no eras distinto a todas esas personas ni más listo que ellos. Y que si aquel pobre al tocarle la lotería llevó la desgracia a su casa, quizás tu también lo harías.

Si es verdad que uno elige a sus padres, yo sin duda elegí al mejor.

Necesitaba a una persona que me enseñará a contar historias y lecciones, que me enseñará a mirar, a saber utilizar las palabras y también los silencios, entonces no dude y elegí, al mejor maestro, a mi Manolo.

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