Ricardo y Pepita. 4º B

Cada persona que se cruza en nuestro camino, es una escuela. Como diría mi tía Cristina “forman parte de la escuela de la vida”.

(Tengo que aclarar una cosilla. Este post empezó siendo un escrito de los míos, pero al leerlo mis hermanos, dijeron “muy tuyo pero yo añadiría….” En principio pensé en modificarlo y hacer esos recuerdos o esas percepciones  mías… pero pensé lo que era realmente mejor es que lo hiciéramos los cuatro y porque no.? también mis padres. Un homenaje de los vecinos del 4ºA, NUESTROS VECINOS).

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Mis primeros pasos los dí en el 4ºA, pero cuando ese mundo se quedó pequeño, mi segunda casa pasó a ser el 4ºB. Allí siempre sentimos que al tocar el timbre no sólo nos abrían la puerta sino también los brazos. Que con los años de alguna manera quisimos corresponder cuando sus nietos (José Manuel, Antonio y Angu) tocaban a la nuestra.

De mis vecinos Ricardo, Pepita y sus hijas (Loli, Justi, Pepi, Maite y  Angu) mis padres intentaron que aprendiéramos distintas cosas, que hacían que fuesen únicos. Y de las que hoy día muchas veces en nuestras conversaciones salen una y otra vez.

Una cosa es lo que mis padres intentaron que aprendiéramos, y otra cosa es lo que nuestros genes nos permitieron que aprendiéramos.

De ellos aprendimos que:

La buena educación es algo natural y con la que se nace. Era un matrimonio con una  educación exquisita, siempre con buenas palabras, llenas de corazón y acompañadas de una sonrisa para todo el mundo. De ellos aprendí lo importante de saludar, de dar besos y las gracias. Que lástima que ante una persona mal educada salten  nuestros genes albaicineros. 

Que el amor puede ser más que la sangre. Por muchos años que pasen mis vecinos serán Ricardo, Pepita y sus hijas. Ellos eran más que vecinos, para nosotros era nuestra casa. Así que cuando mi Fina nos ponía a dieta con manzanilla, Pepita era la primera en darse cuenta, ya que corríamos a su cocina para que nos diera algo.

Durante años su número de teléfono fue el nuestro, cuando alguien nos pedía el número de teléfono le dábamos el de Pepita. Cuando alguien nos llamaba Pepita nos venía avisar y mientras que ellos estaban en su comedor viendo la tele nosotros como si fuese nuestro con toda la naturalidad hablábamos. 

Si a mis hermanos Manolín y Jose y yo nos hicieron sentirnos  a gusto, a mi hermana Maite la hicieron la reina de la casa. Cosa que yo le agradezco enormemente,  ya que el tiempo que yo le quité de mi madre, ellos se lo dieron con creces. (En esto mi hermana, cuando lo leyó dijo totalmente de acuerdo, porque allí era la muñeca de cinco muchachas dispuestas hacer lo que ella quisiera)

El amor y la entrega a su familia. Ricardo y Pepita, eran como la pata con sus patitos. Siempre buscaban estar rodeados de sus hijas, yernos  y nietos. Cualquier cosa era motivo de estar juntos.  Donde iban el matrimonio iban todos. Eso es algo que mis padres aprendieron de ellos, a valorar por encima de todo a su familia.

El saber disfrutar de la vida y de las cosas. Este fue el principio de este matrimonio. Lo mucho o  poco que tenían era para disfrutarlo con sus hijas, yernos y nietosPara mis padres, sus hijos siempre hemos estado antes que ellos mismos.

La elegancia. Cierro los ojos y veo a Pepita con sus perlas, falda estrecha de cuadros, tacones, uñas pintadas y bien peinada. La elegancia es algo innato. Pepita era elegante, porque nació elegante. En esto también mis genes me superan, creo que aprendí más de aquella muchacha que el Kiki de los churros le llamaba “la bien peiná”.

Mi hermana Jose después de leer varias veces el post me dijo: “yo agregaria dos cosas más”.

  • La primera que Ricardo nunca necesitó tener un corazón fuerte, porque el de su mujer y sus hijas eran más que suficiente para él. El respiraba a través de seis corazones. Era imposible ver a Ricardo sin ellas.
  • La segunda que la bonhomia estaba encarnada en Ricardo. “Mi primera pregunta fue: Bonhomia?” (no había escuchado esa palabra en mi vida)  por su afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento. 

Mi hermano me recordó:

  • Que con ellos descubrimos la Coca-Cola y el Bitter Kas. Para Pepita la Coca-Cola era casi como medicina.
  • Las conversaciones de la Angu con el panadero. Todos los al mediodías cuando el panadero llegaba, la Angu salía a por el pan y siempre le recordaba que a ellos le gustaba el pan tostado. Así que mientras nosotros nos metíamos la cuchara en la boca, estábamos pendientes de las frases que ella le recordaba un día y otro, de las que parecía encantado de oír.

Por último añadir que siempre que he ido a Madrid y he pasado por la bombonería “La violeta” me he acordado de aquella caja de caramelos de violetas que nos trajeron de uno de sus viajes a Madrid. Nunca me he decidido a entrar a comprarlos porque no quiero que el nuevo sabor borre mis recuerdos de aquellas florecillas violeta y su cajita.

Los años pasan pero para nosotros ellos y sus hijas siempre formarán parte de nuestra vida. Y creo que el sentimiento es mutuo por las palabras que siempre les dedican a mis padres.

Su mirada lo dice, su cariño al mirar a mi madre lo dice todo.

 

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