Pifa. Mi bola de comida en el moflete

Siendo pequeña, era malísima para comer, para mí era un suplicio esa hora del mediodía. Así que mientras la vida transcurría en mi casa y los demás seguían su vida, era frecuente verme sentada frente al plato con una bola de comida en el moflete.

Después de un rato frente al plato, mi madre pasaba y apelaba a mi corazón utilizando a los niños Etíopes, a mi padre que llevaba todo el día trabajando para que pudiéramos comer, que lo hiciera por ella y por último se iba pronunciando la frase, como sigas sin comer te vas a quedar como los niños del Vietnam (nunca entendí esta frase hasta que vi las imágenes de la bomba de napalm). Terminado el plato y con alguna cucharada perdonada por mi madre, me levantaba y seguía mi vida normal como si ese rato del día no hubiese existido.

Creo que para todo he sido lenta, que para entender algo he necesitado más tiempo de lo normal. Lo mismo que hacía con la comida, hoy día hago con cualquier cosa que me ocurre. Pueden pasar días, semanas, meses e incluso años, hasta que soy capaz de digerirlo entero. Mi cabeza va haciendo pequeñísimas conexiones entre millones de cosas, de detalles, expresiones, miradas, de cualquier cosa que me haga entender lo sucedido. Mientras el mundo pasa frente a mí como una escena de una película a toda velocidad, voy masticando lentamente y justo en el momento en el que lo comprendo todo, dejo de respirar y trago. El microsegundo en el que dejo de respirar compensará el resto de minutos de mi vida. Porque no hay mayor placer que pasar por la vida, respirando tranquilamente, sin tener nada que entorpezca tu camino.

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