8-sorbos-de-inspiracion-chocolate-con-cafe

Chocolate con café.

No había podido dormir en toda la noche pensando en aquel pantalón gris recorriendo el pasillo que siempre le había parecido eterno, pero que ella había hecho minúsculo. Estaba ansioso de volver a verla. Habían quedado con la excusa de hablar de los alumnos, pero a él lo único que le importaba era su alma. Había sido puntual, había llegado peinado y con su libro en la mano. No quería que nada saliera mal en aquella “primera cita”. Mientras esperaba, intentaba leer.

-Yo te gusto -continúo ella-, por el motivo que ya te he dicho: he roto tu soledad, te he recogido precisamente ante la puerta del infierno y te he despertado de nuevo. Pero quiero de ti más, mucho más. Quiero hacer que te enamores de mí. No, no me contradigas, déjame hablar. Te gusto mucho, de eso me doy cuenta….

Pero lo único que había hecho era releer una y otra vez el mismo trozo, era imposible concentrarse.

Dios mío, no podía dejarla escapar. Deseaba tenerla en sus brazos, bueno más que en sus brazos entre sus dientes. A los treinta minutos de estar allí, ella entró con una sonrisa. En ese momento él notó un pequeño nudo que le impedía respirar y tragar saliva. Ella se sentó mirándolo mientras se quitaba su poncho gris y pedía disculpas por haber tardado, desde esa disculpa hasta que llegó el camarero, ella no paró de hablar y el de imaginar su alma desnuda en su sofá.

El camarero se acercó y les preguntó: ¿Quieren algo más?

El que llevaba 6 cafés respondió: un cortado, pero lo único que deseaba era tomarla.

Ella sonriendo dijo: un chocolate con café.

En ese momento el alma se evaporó y él se levantó de un salto, lo único que ahora mismo tenía en su cabeza era su voz diciendo chocolate con café y dijo al camarero: Pepe no me ponga nada, porque me tengo que ir. Después la miró a ella y le dijo: me ha surgido algo, otro día si tengo tiempo quedaremos.

Salió decepcionado. ¡¿Cómo se le ocurría pedir chocolate con café!? Odiaba el chocolate con café, sólo le traía malos recuerdos. Al volver la esquina sintió rabia, no se había tomado el cortado y había perdido la tarde. No había terminado de leer el libro que había planificado en aquella arrugada servilleta. Para cumplir lo planificado abrió el libro por la última página y leyó:

Alguna vez llegaría a saber jugar mejor el juego de las figuras. Alguna vez aprendería a reír. Pablo me estaba esperando. Mozart me estaba esperando. 

Al terminar de leer el último párrafo del libro,  lo cerró.

Ella se quedó en aquella mesa sola, destrozada y con la palabra en la boca, no entendía nada de lo que había pasado. Lo único que pretendía al pedir el chocolate con café  era explicarle que hacía dos años ya había coincidido con él en una cafetería de Lisboa. Y como lectora de novelas rosas, comenzar con esa frase su historia de amor.

El primer día que ella se cruzó con él en el pasillo no lo reconoció, pero cuando él le habló de su libro preferido, supo que estaba ante aquel muchacho que, dos años atrás, se había enfadado con el camarero porque al pasar por su mesa había derramado un chocolate con café sobre su libro y que había salido de la cafetería dando un portazo. Aquel día ella lo único que hizo fue observar la escena desde la mesa de al lado  y le entró la curiosidad de saber de qué iría aquel libro.

Era tonta, había cometido el error de interpretar el destino, se había confundido al pensar que la habían mandado al culo del mundo para conocerlo. Quizás lo único que estaba escrito en su destino, era que ella leyera aquel libro. Abrió su bolso y sacó aquella primera edición, que traía envuelta para él. Y saboreando el primer sorbo de su chocolate con café, empezó a leer..

Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario.

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