A Mauricio González de la Garza

A Mauricio González de la Garza
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Por los balcones deslumbrados de los ojos
nos asomamos otra vez al río.
Al río de Heráclito, por supuesto,
cuyo lomo que nunca será el mismo
nos acerca y se lleva
a la florida y puntal navegante
que vuelve a regalarnos
sus viejos y siempre asombrosos descubrimientos.
Su barca de guirnaldas
fondea en nuestra orilla.
Te invito a que saludes
a nuestra, visitante,
pues siempre ha sido bueno
‒como me lo enseñaste‒
que el mortal más o menos congojoso
mire lo que se da, lo que sonríe,
lo que venciendo el tiempo
dura de otra manera:
dura en la perfección,
en la belleza
(la belleza que cierto amigo nuestro
dio por perecedera tristemente,
todo por no saber que más perfecta
que el astro combustible
es la ley que lo mueve y lo gobierna).

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Bajo tu mirador angelizado
los árboles retejen su vestido
por una dulce, inapelable orden
que les dice que se acabó el silencio,
que terminó la desnudez heroica
y por puente de plata huye el invierno.
Que desde su principio inmóvil, sumergido,
hasta el último dedo,
tienen que recordar su amable oficio,
que reabrir su taller de maravillas,
que hacer girar sus ruecas
y poner en el aire
su anual casa de escándalos
para que el trino salte al viento vivo y suelte amor las flechas de los pájaros.

Todo está ya poblándose de tibios acontecimientos.
Todo echa su aliento suave, calentado
en esta especie de apacible horno verde
en que ya se transforma el altiplano.
(Y ahora que lo pienso,
todo esto sucede año con año
y nadie sabe nunca cómo empiezan las cosas
Se las descubre siempre un poco tarde,
cuando ya no es posible contemplar cómo nacen
de las espumas soñolientas del invierno.
Uno tiene la culpa.
Uno se vuelve viejo.
Es decir, distraído.
Permite que los ojos encanezcan
y se antimaravillen
y que el alma se entristezca y abrume
en impropios quehaceres de sibila,
en necio cavilar mirada adentro).
Mas aquí está la reina que distribuye gratuitos premios,
que nos lanza abanicos de perfumes
y pone en cada oráculo su sello.
Delfos cierra por quiebra:
no humos de laurel. Vaho de flores.
Miremos a la alegre pasajera,
miremos su corona transitoria
y de otro modo eterna.
Ahora hay millones de cosas
que suceden feliz y velozmente.
Una mañana, por ejemplo,
se sabe que el jardín ya no dormía,
que había vuelto.
Abrió los ojos, sobresaltado por un trino,
y se vio que se le caía el sueño
de los párpados grises.
Todo cedió las manos, el cuerpo, las raíces,
y empezó a recordar cómo se hace lo verde,
cómo es que de tan de prisa y tan callando
se abre el telar universal que trama
hojas de seda, pétalos de aire,
cápsulas que no pueden guardar ya su secreto,
crisálidas de ceras impacientes.
Las ramas se sacuden su invernal sentimiento de                                                                 [inferioridad,
bellas durmientes que desentumen dedos de plata.
Brillo a brillo va haciéndose el palacio
que el mundo habrá de echar por la ventana.
Pasan mil aéreos cortejos nupciales.
Y de arbusto en arbusto, las arañas
danzan sobre la cuerda floja
y hacen castillos en el aire.

Llegan las pardas turbas de gorriones
como manojos de hierba quemada.
No son precisamente ejemplos de cordura
y por ello resultan ejemplares.
Como la misma hoja en que aterrizan
no verán otro mayo.
Pero hoy se reparten a gritos los árboles
e izan delirantes oleadas de sonido
mientras dura la luz en que navegan,
briznas de gozo puro,
aladas perfecciones de un instante.
La higuera que hasta ayer era ceniza
‒uno hubiera pensado: un soplo y se derrumba‒
es ahora una cosa brillante
que ríe en cada punta,
un collar de fugaces esmeraldas,
un objeto de tránsito suntuoso
que da su sombra ancha.
El prado amarillo, que padecía una tristeza de asténico,
ha decidido de pronto que la vida es bella
y que daría cualquier cosa por volver a ser joven.
“Pensamiento es acción”, dice la magia.
De manera que ha empezado a cubrirse
de pelusa tierna. Y más que prado
parece así un gran pájaro verde
con unas largas alas que ahora le amanecen
con todo el cielo encima centelleando.
Y la hiedra que miro mientras escribo esta carta
saca sus nuevos brazos,
reanuda su antigua vida de circo
y allá va, muro arriba,
con su alegre sombrilla de recuerdos
para guardar el equilibrio.

En fin, te comunico
que todo esto te aguarda.
Vuelve pronto a disfrutar de la fiesta
que es consuelo de los afligidos,
salud de los enfermos,
causa de nuestra alegría,
borrón y cuenta nueva.
(¿A quién se le ocurriría eso del “valle de lágrimas”
si alguna vez vivió la primavera?)

Carta a Mauricio, enfermo, dándole noticias de la primavera

Margarita Michelena

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